En septiembre pasado S.S. Francisco hizo un pedido a todos los católicos del mundo para que “recen por la Iglesia contra el diablo”, al que definió como aquel que siempre tiene en miras “dividirnos de Dios y entre nosotros”. La solicitud del Papa generó estupor en los medios de comunicación a nivel mundial, debido a que cada vez son más frecuentes las referencias del Sumo Pontífice al maligno y a su accionar. Pero pocos entendieron, o quisieron entender, a que se refería. Francisco en pocas palabras nos estaba indicando la esencia del drama de la humanidad, el cual no es otro que la separación del hombre de Dios y su consecuencia, el enfrentamiento entre los hombres. Es que la intromisión del pecado en la historia por obra del diablo nos separó de Dios y tuvo como consecuencia fundamental la división entre los hombres; los cuales, separados del Padre, ya no se sienten como hermanos. Ello se deduce del propio texto bíblico, ya que en el libro del Génesis inmediatamente después del relato de la tentación y la caída del hombre (Gn III) se narra el fraticidio, es decir el asesinato de Caín a su hermano Abel (Gn IV). En definitiva, la acción característica del diablo es la división, lo contrario a la de Nuestro Señor Jesucristo, que se encarnó y murió en la Santa Cruz para restaurar y unir lo que aquel había desunido. Lo dicho, además se puede respaldar desde el punto de vista etimológico, porque el término “diablo” nos viene de la palabra latina “diabulos”, la cual tiene su origen en el verbo griego “diaballien”, que hace referencia a la acción de separar, de dividir, o de crear inquinia o desunión. Por todo ello, podemos decir que toda acción que tienda a la separación del hombre de Dios y a la división entre los hombres es una acción diabólica, de la misma manera que lo es toda ideología, teoría o doctrina que se base y fundamente en ello.
Ahora bien, no es casualidad lo que pide el Papa. Él, más que nadie, sabe que estamos inmersos en una batalla metafísica, de la cual depende el futuro de nuestra civilización. Occidente, otrora forjador de la Cristiandad, se encuentra hace siglos en un proceso lento, pero constante, de apostasía universal, tal como lo llamaba el maestro Ezcurra Medrano en su obra “Catolicismo y Nacionalismo”. Nuestra civilización se ha alejado de Cristo, de Aquel que ha venido a unirnos como hermanos y a restaurar nuestro lazo filial con el Padre. Este proceso de apostasía, que nos conduce indefectiblemente hacia una sociedad cainita o diabólica, es decir separada de Dios y de enfrentamiento entre los hombres, podemos decir que tuvo su primer etapa con el Renacimiento, cuando se desplaza del centro a Dios (teocentrismo) y se entroniza al hombre en su lugar (antropocentrismo – endiosamiento de la creatura). Este alejamiento de Cristo es un nuevo pecado de orgullo que, al decir de Ezcurra Medrano, “renueva en la humanidad el pecado de Adán y el pecado de Luzbel, y que la hace caer por segunda vez ante el 'seréis como dioses' de quien dijo a Dios: non serviam”. Sin embargo, las consecuencias más nefastas para la vida comunitaria de este proceso apóstata se evidencian notoriamente con la irrupción en la historia del liberalismo y del marxismo. Es decir, con la entronización como motor de la historia de la “lucha de clases”, cuya causa es el egoísmo liberal y su efecto el resentimiento marxista. Pero no nos engañemos, el móvil de ambos es el mismo, el odio fraticida. La guillotina jacobina y la purga roja así lo atestiguan.
Pero parece que no alcanzaba con el enfrentamiento de clases entre “opresores” y “oprimidos”, había que profundizar la división diabólica para que ya no haya vínculos de cofraternidad y solidaridad ni siquiera entre los integrantes de la misma clase. Entonces, se profundizó el proceso, alentados por la victoria de las dos ideologías diabólicas en la Segunda Guerra Mundial. Ahora la división debía ser dentro del seno de la propia familia y en los claustros educativos, entre padres e hijos, entre maestros y discípulos. ¿Cuáles fueron sino los objetivos primordiales de las corrientes contraculturales que explotaron en los años sesenta? ¿Acaso no fueron el ataque a los principios de jerarquía y de autoridad para lograr el enfrentamiento generacional? Los malignos cerebros del Instituto Tavistock o de la Escuela de Frankfurt y sus planes de ingeniería social y contracultura, así lo demuestran.
Sin embargo, como la acción diabólica no tiene tope, hoy somos testigos de una aceleración aún mayor de este proceso fraticida. Además de la lucha de clases y del choque entre padres e hijos, sumamos un nuevo enfrentamiento impuesto, la guerra entre sexos mediante la “ideología de género” y el accionar “feminista”. Y es así como actualmente vemos surgir todo tipo de movimientos o agrupaciones que tienen como objetivo primordial el filicidio y la exaltación del resentimiento feminista. Muchos de ellos son realmente patéticos y ridículo, como el “colectivo de actrices argentinas” y “los varones antipatriarcales”, pero todos tienen un denominador común: son financiados por los vampiros de la usura internacional, lo que les permite su promoción en todos los medios masivos de comunicación, desde C5N y Página/12 hasta TN y Clarín. Estos idiotas útiles intentan mediante la “ideología de género” subvertir la naturaleza, verdadero atentado contra la creación, y por ende contra el Creador. Y a través del feminismo buscan la destrucción de la familia, célula básica de la sociedad. La metodología que utilizan es instaurar artificiosamente una disociación entre la mujer y su rol natural en el hogar. Por ello las feministas siempre odiaron a Evita, porque las refutaba diciendo que “el problema de la mujer es siempre en todas partes el hondo y fundamental problema del hogar” como sentenció en La razón de mi vida.
En fin, Francisco con sus reiteradas referencias al diablo y a su acción disociativa nos recuerda quién es el enemigo y cuáles son sus objetivos y métodos. También nos enseña que la oración es un arma eficaz contra él. No tengo dudas de ello. Pero no debemos quedarnos sólo en rezar, debemos también prepararnos para el buen combate, porque como decía Julius Evola en Rebelión contra el mundo moderno, “La sangre del héroe está más próxima a Dios que la tinta de los filósofos y las oraciones de los devotos”. ¡No lo olvidemos! Occidente tiene dos caminos, o luchamos para restaurar nuestra civilización en Cristo, edificando una nueva Cristiandad, o terminaremos profundizando el proceso de apostasía que nos conduce indefectiblemente hacia una sociedad fraticida, sierva de Satanás, que prepara los caminos del Anticristo.
* Artículo publicado en el Boletín "Hacia una... III Posición" (Número 3 - Marzo Abril de 2019).

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